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EL otro cielo

 

 

   Un repaso a los ensueños de la lenta memoria del arte, en este siglo que la catástrofe planetaria ha tornado un impredecible desván fantástico, resulta un ejercicio melancólico. El vértigo de noticias, que no guarda ningún compromiso con la verificación, trastorna nuestra imaginación con mayor poder que la ficción literaria o el cine. La vivencia apocalíptica, cultivada durante milenios con efluvios bíblicos, seguidos por los amenazantes misterios góticos del romanticismo, y después con la tremendista ciencia ficción, procede hoy desde la seca realidad. El clásico desasosiego metafísico se hunde ahora en un aclimatado temple costumbrista, fatal y disminuido. Lo desanima y dispersa el sordo presagio de una catástrofe mayor. Desde la inesperada fama de los extinguidos dinosaurios entre los niños, hasta el escepticismo del humanismo progresista en sus padres o el pesar de los abuelos por un porvenir sin legados, la insoslayable luz crepuscular ensombrece los sucesos comunes. Se palpa lo inesperado en el aire de la historia. El primer y ultimo gesto se funden, las previsibles series frenan sus repeticiones y lo que sucede es irreversiblemente desconocido. Hasta lo familiar se suma a la extrañeza, no solo por el el sentido de ominoso o siniestro que localizaba Freud en las orillas de la angustia, sino como una transformación colectiva de la mirada. La escena atravesó el espectador y a la tierra en macabra transformación le corresponde otro sujeto. Esta riña entre el tamaño de la humanidad y el tamaño del planeta es nueva, aunque ya fue practicada en la modesta isla de Pascua por sus optimistas nativos extinguidos y quizás en algunas ciudades mayas desoladas sin guerra. La ilustración más cercana es la isla de Pascua, porque sus habitantes no podían salir a ningún otro hábitat, como pasa a los terrestres en su planeta (excepto en la generosa fantasía de Bradbury o Azimov ).
        Hay un círculo que se cierra en esta claustrofobia sin paredes. Se nota el acoso que habían padecido antes las ballenas, los elefantes, los osos y los tigres. Pasmosamente, en la ignota tierra de Kipling o en el infinito mar de Melville, no hay lugar para la vida. De esa geografía se despereza un destino maligno. Los primeros miedos de la humanidad, según nos enseñan los entendidos, derivaron de los novatos sobresaltos de la naturaleza. Los dioses iniciales siempre alertaban, eran parientes del viento, el sol, la luna, la tierra y una vasta cohorte de mitos agrícolas siempre atentos. Las religiones que administraron luego los enigmas y las fuerzas desconocidas, facilitaron un dialogo estable con ese pavor. El cielo fue entonces la mayor sede imaginaria y la astrología (tan madre de la astronomía como la alquimia de la química) su oficioso interlocutor. Según cada orbe fantástico, la relación entre realidad y fantasía se negociaba, desde el politeísmo que reproducía las controversiales autoridades de las ciudades griegas hasta los monoteísmos que heredaban el poder omnímodo de los caudillos nómadas. Cuidadosos de las causas, los griegos precisaban un dios que sople en la flota para castigarla después de Troya, fieles a la autocracia divina, los judíos precisaban que fuera justo el embarazo de una mujer de 90 años o que se perdiese una batalla por un pecado cometido mil años antes. Cada imaginación tenía su propia lógica, con diferente interés en la naturaleza técnica del milagro. Algunos precisaban un gestor físico o explicativo, otros tenían línea directa. Curiosamente, cuando la literatura fantástica heredó parte de los caudalosos misterios que monopolizaba la religión, la antigua fisura volvió a marcarse. Los desaforados terrores de Edgard Allan Poe no privaron al autor de su interés por los globos aerostáticos o los acertijos, el Fausto no desalentó a Goethe de su estudio científico sobre colores, el Frankenstein, criatura heredera del Golem, fue fundado por la moderna Mary Shelley en el incipiente electromagnetismo, no en la Cábala. El iluminismo y la oscuridad no desconocían sus límites, ni el miedo original de ambos. Probablemente, la ciencia ficción fue más eficaz en fusionar el atávico misterio con la revolución industrial. Así lo indica la optimista fantasía de Julio Verne o la más reflexiva de H.G. Wells. El cine solamente multiplicó esos encuentros, hizo claroscuros con el borde ignorado de la ciencia. Actualmente, acompañado por los arcaicos temores, retorna la naturaleza como el escenario del monstruo y el monstruo mismo. El cielo litúrgico vuelve a su salvajismo inicial. Los ecos y reverberos de erupciones, truenos y relámpagos, reviven el miedo ancestral. Un desconcierto cerval rige las inundaciones de Europa, las sequias de Argentina, los incendios de California o los ciclones del Asia. No obstante, esa sensación no encuentra símbolos, no desemboca en la religión o el arte como en aquel entonces, o lo hace apenas en fanatismos gastados, en imposturas menores, como el populismo o las teorías conspiratorias.
    El recuerdo de los films de ciencia ficción catastrófica, o la nostálgica desazón al salir del cine, nos permiten hoy advertir menos aquel terror que la confianza de entonces, cuando la fantasía aseguraba la realidad. Aquella confortable certeza, que jugaba airosamente con el miedo, sucedía en un pasado reciente y remoto. Hoy no veríamos “los pájaros” de Hitchcock como en su estreno, cuando no sabíamos de la cantidad de especies desaparecidas y de la extraña furia de los virus. La vetusta filmografía fantástica de Roger Corman se hizo profética muchas veces en este siglo, en todo caso devino más solvente que las especulaciones marxistas o las prospectivas tecnológicas del futuro. Las trasmutaciones de temperaturas y de gases que protagonizan los dramas del cielo actual, han envenenado con carbono las inermes mitologías que lo habitaban; la Divina Comedia ya no tiene escenario, también desaparecieron los pisos de zafiro y las carrozas de diamante, el espejo de la atmósfera sigue el árido destino de selvas y llanuras, y aquel acecho que nos aterraba y nos protegía ha desaparecido

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