El suicidio es una individual singularidad humana, otros
animales lo practican, pero como especie, como los Lemings, los albatros o las
ballenas, por mandato biológico circunstancial. Para nosotros suele presentarse
como evasión del dolor o de la tristeza aguda, como desenlace cerrado del
sentido o falta de sentido existencial. Se
han registrado contagios colectivos, fenómenos de sugestión social o
depresiones grupales, pero solo como reacciones por derrotas nacionales o disolución
de creencias centrales. El derrumbe demográfico indígena en la conquista
española registra una alta tasa de suicidios, también casi todas las sociedades
de postguerras modernas o postmodernas. Entre las ruinas se perdieron
propósitos, fueron astilladas las certezas vitales de los sobrevivientes. Con cada modificación histórica disruptiva se
gestan esos influjos radicales, una vuelta de tuerca secreta y silenciosa de
fantasmas taciturnos. Sucede que el orgullo o los ideales compartidos envuelven
otras convicciones de las que muchas existencias no pueden prescindir. Años
atrás, en la sociedad adolescente japonesa, muy exigida por el éxito
estudiantil, se habían desarrollado sectas suicidas que preparaban un desenlace
a la fantasía catastrófica del desempeño escolar. Estos casos, como los
sufrimientos del bulling escolar o laboral, indicaban las aristas excluyentes y
peligrosas de la vida social. Hoy las redes las afilan con fervor. La practica
incesante de promover el narcisismo y la comparación, el pujo frenético de
alentar al carente, es quizás el mayor riesgo para un desbalance suicida.
Décadas atrás, cuando las pantallas no habían adquirido cabalmente este
carácter venenoso, el suicidio derivaba casi siempre de una especulación
melancólica. El mayor ejemplo de este temple fue el notable ensayo del crítico
literario Al Álvarez, publicado en1999. Conocedor cercano de las vanguardias
poéticas, llamaba al suicidio Dios Salvaje, denominación justa de su
arbitrariedad y rigor. El estudio trataba con especial atención grandes
artistas suicidas, algunos de los cuales consideraban su acto como una ofrenda.
Recuerdo haber pensado entonces, por consideraciones también estadísticas, que
la poesía era un oficio de alto riesgo. Los casos de Silvia Plath, Antonio
Ramos Sucre, Leopoldo Lugones, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, por citar
pocos, parecían indicar el riesgo de trabajar en el borde del sentido, donde el
lenguaje que promete tanto horizonte no tiene barras de seguridad para los
precipicios. En aquel entonces ese borde era parte de una enorme aventura
estética y ética, y la vida mirada desde el filo aspiraba a una experiencia
esencial.
Paul Valerí había observado que Dios hizo el
mundo de la nada, pero la nada siguió estando. Esa sustancia, tan preciada por
los pensadores existencialistas, no se encuentra siempre de la misma manera, y
a veces ni siquiera se encuentra. Este gran descubrimiento de la vida humana,
la voluntad propia de su final, probablemente se relaciona con dicha busca y localización,
que la actual sobreabundancia sin demanda parece haber cegado. Se desconocen
hoy los espacios habituales de ese vacío fundamental, aunque quizás por primera
vez emerge la intuición colectiva de que el final radical de la especie humana,
la vida, en otros términos, es una posibilidad tangible incluso sin guerras. La
pavorosa escatología religiosa finalmente ha descendido, su siniestra
secularización parece haber familiarizado lo desconocido y la sorda aceptación
de alarmas del derrumbe ecológico es otra perplejidad de estos tiempos.
Casi hasta el
siglo XIX, este ejercicio hacia la inexistencia era tan oculto como la
alquimia. Había gran curiosidad por la
historia y el futuro, no por salirse enteramente del mundo. Hasta el impalpable
mundo venidero de los ascéticos monjes copiaba la confortabilidad o el
infortunio de éste. Para la mayoría, la melancolía modesta y la pena decorosa
desalentaban las deserciones. Los entusiastas del progreso futuro, Marx, por
ejemplo, suponían que las pesadillas de los muertos seguían el sueño de los vivos.
Había un hilo ilusional que enhebraba discretamente los mundos. Mas escéptico,
Durkheim vislumbró la sociología contabilizando los suicidas como meteoritos
poco advertidos, una estadística que afirmaba vivamente el enigmático
acontecimiento. Antes, el enfermizo romanticismo alemán había otorgado
embriagante y mortífero prestigio al nuevo dolor amoroso de Werther, la
jurisprudencia británica, con indescifrable dureza insensata, lo había
castigado con la muerte, otros legisladores, más civiles, con la exclusión
ciudadana en una faja del cementerio; Hubo otras revelaciones, en el siglo XX el
escandaloso pensamiento francés lo había elevado con Albert Camus a la más alta
especulación filosófica y los kamikazes japoneses y terroristas musulmanes lo
descendieron al más barato de los procedimientos bélicos. Estos avatares no
mellaron su enigma central para el infinito y sordo siglo XXI.
He leído, en una
exposición postal del New York Times, el reclamo de una madre por el suicidio
de su inteligente y feliz hija adolescente que había sido tratada con un
terapeuta de Inteligencia Artificial. La atribulada madre se preguntaba acerca
de la falta de alarma que habría padecido el terapeuta frente a las señales y
las ideas suicidas. Eran datos que su hija vertía en sus sesiones, pero ocultaba
a la familia para no suscitar el sufrimiento de sus ´padres. La pregunta
materna es mas profunda que su intención, y excede con inocencia las
reconvenciones técnicas de la clínica en los intentos suicidas. Apunta a la
presencia misteriosa de una máquina como referencia intima del ideal humano, y
esa es hoy una perplejidad de hondura infatigable Un psicoanalista de la vieja
guardia, alentado por los misterios y prejuicios humanistas, se preguntaría por
la idea del terapeuta para la joven, la estofa inconsciente de sus ideales, el tipo
de transferencia que habría desatado con la máquina, ¿era seductor el saber
infinito de los metales, la perfección de la inexistencia, la ausencia impoluta
de toda falta? ¿Qué esplendor la despachó a la felicidad del otro mundo, viaje
apenas retenido por la presunta y equívoca infelicidad de los padres? En todo
caso, la controversia que rodea la IA hace de la terapia de la joven una
intrépida exploración en tierra comanche. Para los simples humanos no le fue
bien en esa frontera, perdió más que la cabellera, y su ticket de salida solo
permite presuponer imaginariamente como fue el espejismo de la entrada.
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