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EL ESTERTOR ETICO DE LA METAFORA

  


       El primer envilecimiento político ocurre en el lenguaje sostenía Karl Krauss, mientras escudriñaba con insobornable pesimismo el ascenso nazi en Viena. Era el mayor oráculo en aquella metrópolis profética que concentraba las vanguardias  de la lengua. Advertía temprano la mutación que el filólogo Víctor Klempererer estudiaría luego dentro del Tercer Reich. Esa degradada modalidad, señaló este último en la postguerra, perduraba incluso en los nuevos discursos políticos. La voz autoritaria mantenía su enérgica sonoridad, una rotunda sintaxis y la retórica sibilina que habían permeado durante años la vida pública alemana. No era fácil desarmar dicha instalación, sus raíces metafóricas crecen en el subsuelo semiótico. Hay estilos que siempre testimonian de manera soterrada. En su minucioso análisis de las Kenningar en la poesía de Islandia, Jorge Luis Borges consideró sus primitivas metáforas como un primer goce verbal de una literatura instintiva y feroz, a diferencia de los que atribuían su particularidad a la decadencia que padeció esa cultura. Ambas propuestas quizás se complementan. Las rimas ilustraban una torpe intención de sorprender con contraposiciones forzadas, configurando la épica que entusiasmaba a Borges y a la desafiante violencia vikinga. Un rasgo notorio era que la comparación resultaba más frecuente entre objetos que entre palabras, y tenía artificiosas afinidades funcionales que la simplificaban. Por una inquietante coincidencia, hace unos años que se registra una construcción similar en el lenguaje público de la política global. Un descenso sintáctico que acorta pragmáticamente y empobrece los giros retóricos. Es un mareo de relaciones concretas, con términos contundentes derivados del color, la sangre y otras referencias corporales que embriagan el fervor de la política pública, sin diferenciar la audición nacional de la municipal, el barrio o incluso la cantina. Frases como La Francia insumisa, Haz grande America o Alemania primero, se convierten en programas de pensamiento acabado. Un rotundo primer plano procura retener el dialogo cara a cara que se pierde en la vida digital, y simula con tosca naturalidad el trato personal. El resultado es un discurso de pulso irreflexivo cuya contundencia es inversa a su consistencia. Denuncia un achatamiento cognitivo, con frases preformadas de falso esclarecimiento doméstico. La perspectiva ética o los valores trascendentes, los argumentos complejos, se abandonan frente a las réplicas inmediatas. La metáfora, si requiere meditación, deja de circular en el gran espejo verbal donde se cruzan los horizontes mayores.

  Es más fácil amar a la humanidad que a tu vecino, es una cínica aseveración, casi irrefutable a cierta edad, tanto como el adagio de que el que no es de izquierda en su juventud no tiene corazón y si no es burgués en su madurez no tiene cerebro. Son rápidas formulaciones para cortar el vuelo a las impetuosas metáforas que brotan en la imaginación hospitalaria. Lo cierto es que la unidad, el acuerdo, la igualdad, la coincidencia, indican un anhelo de fusión constructiva que hoy solo el talante estético o místico puede cumplir cabalmente. Son, sin embargo, centrales para una comunidad de destino, para la estabilidad dinámica que demanda todo pluralismo social. Una dimensión moralista ideal rige estas presencias. Así como el canto de los himnos enaltecen y suman lo disgregado, la metáfora ilumina y unifica la exaltación del escenario humano. Su giro condensa una magia poderosa de conocimiento y deseo, de placer verbal con ideales, constituyendo un soplo benéfico de la condición humana. A pesar de la insuficiencia, su aspiración es esencial para la vida pública. Ese don imaginario también resulta tentación del espejismo abismal, la alucinación maligna y el error fatal cuando es monopolizado por tendencias que procuran la coincidencia paranoica.

  En ‘’La Hora de la espada’’, Leopoldo Lugones, el gran poeta modernista que brilló con ‘’Los crepúsculos de jardín’’, disparó su aliento metafórico al escenario político. Tuvo un inspirado rapto para juntar el reloj, que había iniciado la precisión del tiempo y el cálculo industrial, con las relampagueantes espadas que habían administrado el odio. Alentó con pulso literario el anhelo viril y patriótico que devendría en el primer golpe de estado argentino. Apenas notaba que el diablo anidaba esas metáforas. Sucedía también en versos del ‘’Ariel’’ de Rodo, o en el lirismo declamatorio de D’Anunzio y en el trepidante eco de Marinetti. En esa atmósfera de torva elegancia que acompañaba espiritualmente el fascismo, Lugones acabó suicidándose en 1938, a finales de la década infame inaugurada por aquel golpe militar. Quizás su castigo y némesis mayor fue su hijo, el destacado policía que invento la picana eléctrica, un ingenio maligno que infamó las mazmorras de todas las tiranías del mundo. Con su inocencia del mal, la pujante retórica del poeta fertilizó un modernismo oscuro que asoló la región de intentonas militares y autoritarismo corrompido. Fue un ejemplo de los desvíos demoníacos de la metáfora. Ya había ocurrido con algunos excesos de Víctor Hugo que Lamartine advirtió; las consecuencias de los torrentes populares, inundaciones, barricadas, diques y represiones de las hidráulicas metáforas todavía se padecen.  

En ‘’Sonatina’’, (La princesa esta triste …), aquel poema imperial que entronizó el modernismo, Rubén Darío se arriesgó a emplear admirablemente el adverbio ‘’unánime’’ para designar a los cisnes (ni los cisnes unánimes en el lago de azur.) En aquel entonces no se habían cotejado los cisnes negros de Australia que hubieran disminuido el vigor de la metáfora. Casi cuatro décadas más tarde, Jorge Luis Borges mejoró esa audacia, y empleó el adverbio en el comienzo de su cuento inmortal ‘’Las ruinas circulares’’ (Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche). Aunque pretencioso, nadie puede cuestionar al justo adverbio, su elegante simplificación y la fusión de siluetas que tiene la noche, como la tiene el indefinido termino pueblo para innumerables caracteres individuales. Actualmente, se ha desvaído ese esplendido adverbio, tanto como el modernismo. Quizás fue devaluado porque aparte de exaltar el aplauso de óperas y conciertos, lo tornó irrelevante la vorágine del populismo. 

El goce contagioso del ‘’nosotros’’ había dejado de suceder en salones o tertulias, se trasladaba a plazas, estadios y avenidas. Había sobrevenido una vocación de muchedumbre que unificaba lo múltiple hasta perderlo. No es destemplado recordar que la multitud y su ambición de revuelta hoy la gesta y la disuelve un algoritmo. El guarismo recoge una idea y la invoca para los reiterados gráficos que orientan los comicios.  Aquella trémula metáfora que inspiro a Dario devino severa estadística, una eficacia inclemente que mata los ensueños románticos y sociales. ‘’Unánime’’ se alejó como un cisne de aquel uso unánime. Contrasta con la mítica unidad que imaginó Lope de Vega para ‘’Fuenteovejuna’’, aquella rebelión popular siglo XVI por el honor y contra el abuso, que ocurría sin populismo ni muchedumbre, sin vindicar mayoría, y acentuaba la extravagancia ética de la convicción. Ese fervor moral antecedía sin reparos a la revolución francesa. Desde entonces, como profetizaba Tocqueville, los números crecieron sobre la idiosincrasia y la pluralidad. El sortilegio de la estadística, que sostenía la democracia, fue su mayor sepulturero. La pérdida mental de la complejidad, la vacancia del concepto y su abstracción simbolizante, ha dejado la nominación casi desnuda. Los impulsos y los hechos se tornean sin ninguna elaboración. El espíritu acelerado, que solía denunciar la imprudencia, ahora revive la gloria efímera, la carga de caballería que cantó Tennyson, pero olvidando su fatalidad. Como una paradoja siniestra, en el período más alto de la incidencia científica, el trabajo intelectual reflexivo, escaso de metáforas y relatos, se evapora en silencio.  Corrió el destino sombrío de la metáfora que acunaron Dario y Borges. La metáfora es el desplazamiento de sentido quizás más provechoso de los intercambios cognitivos. Tiene un misterioso poder ilusional, prodiga el don creativo del lenguaje, antorcha que ilumina y amplía los sentidos, y su decadencia es una de las perdidas mayores del derrumbe intelectual contemporáneo.


    Ruben Dario, que hacía unánimes los cisnes y escalonaba los más remotos prodigios verbales, estaba también férreamente ceñido al reclamo, compadecía la miseria colonial, las voces indígenas, los pequeños paises de Centroamérica, la decadente herencia hispana humillada por la pujanza sajona. Amaba sin embargo a Walt Whitman, que había inaugurado la felicidad popular yanki, pero también había defendido la invasión norteamericana de Mexico, como hizo Marx desde Inglaterra. Modos diversos de la alegría, la dicha del poeta norteamericano y la del centroamericano acogían multitudes que declinaban una distinta unanimidad. No se puede domar toda una metáfora. La poesía de Darío tenía una exaltación erudita y refinamiento de salón, pero en su vida lo inundaba la sensorialidad inmediata, era adicto a las mujeres y el alcohol. Whitman, más inmediato y sensorial, con la exclamación entrenada por su ajetreado universo angloamericano. con ritmos de salmos y potencia callejera, era moderado, incluso inhibido. Dario, originario de una humilde sociedad cafetalera, no había escogido el talante popular campesino sino uno europeo, sofisticado, cosmopolita y fastuoso.  La unanimidad de los Cisnes era síntesis de un caballero que recordaba la humillación que sobre Nicaragua había infligido un corsario americano y las infames intervenciones posteriores. Es curioso que un cosmopolita, devoto del desván europeo, reivindicase las culturas originarias y el hispanismo contra el imperialismo anglosajón de la época. También que a la vez aplaudiese ese mismo imperialismo naciente un poeta llano, alegre, abolicionista y adicto al cantico de salmos y masas. Esas disonancias no son raras en la literatura, y mucho menos en las ideologías, cuyas raíces son todavía más irracionales. 

   Viene al caso esta extravagante digresión cuando se piensan las pasiones políticas actuales, sin ropaje teórico, danzando por su cuenta con los peores harapos. Las leyendas ideológicas están casi desaparecidas y las económicas se calcaron de políticas y prejuicios domésticos. El mapa que debería resumir la realidad la está copiando de su mismo tamaño por escasez teórica. Las razonas que disparan los acuerdos, según los algoritmos, no son los conceptos sino tendencias biológicas soterradas, y a veces desconocidas, que definen, por tramos cortos, las decisiones mayores. La divergencia parece originarse en encrucijadas cotidianas difíciles de definir. El indescifrable grupo Maga que inventó Trump y lo inventó a Trump, ha dado cobijo a tendencias populistas y conservadoras, cercanas a izquierda y derecha, sionistas y antisemitas, evangélicas y tecnológicas, aceleradas y medievales, desfilando cada una de un modo extrañísimo. Frente a esa bolsa de gatos y con excelente razón, Trump definió majestuosamente MAGA soy yo. Esa traslación ilustra una mudanza genérica en las operaciones cognitivas de nuestro tiempo, una tendencia a la concreción generalizada de los atributos. Las abstracciones tienden a desvanecerse en localizaciones intuitivas inmediatas. Un ejemplo cabal de este sesgo hacia la simplificación fáctica es el crecimiento de antisemitismo, los judíos como causa irrefutable del malestar social. Ya había ocurrido en época de los pogroms rusos que el antisemitismo fuese una especie de socialismo de los idiotas o gran pasión de los mediocres por la facilidad de su convocatoria. Actualmente, la potencia de las redes para facilitar asociaciones ha disparado el enorme poder metafórico que había almacenado. Su influjo está logrando una sorda culpabilización casi automática. Es una manera de designar simultáneamente el capitalismo, el imperialismo, la herejía popular, la lascivia, la venganza, el acecho traicionero, él misterio del mal y las insidiosas fuerzas del poder. Un modo de refundar una pertenencia homogénea mediante el redescubrimiento del Enemigo. 

 Unánime será siempre un palacio imaginario, un ideal regresivo de fusión, tanto en Darío como en Whitman, Stalin o Hitler. El ensueño amoroso de los cisnes o la noche hermética que precede al sueño de un hombre nuevo, los movimientos ilustres de la concepción total lo acompañan. Es la tenaz ilusión fundante de la humanidad, el género humano como unidad, el uno universal, y la dilución de unos y otros. También de la pesadilla autoritaria que expande hasta el delirio esa condición. La globalización vibra su empuje por venas tecnológicas, pero es siempre una selva de metáforas parpadeantes, un ejercicio de mitopoética infinita y peligrosa.  Ese ensueño fue precedido por las primeras mitologías feroces, el terrible extraño, el hombre lobo y luego el hombre lobo del hombre, pulsión que había terminado con otras especies humanas, neardhentals y denisovanos, para erigir el homo sapiens como unánime. Y este ente singular también está cayendo a pedazos, sin que avizoremos la próxima metáfora.


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