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La fatal llama que nos llama

 


    La fascinación tenebrosa y los espejismos del odio son más potentes, seductores y misteriosos que los del amor. Maquiavelo lo había advertido, y las eficientes autocracias lo confirman con furor; sin olvidar los fanatismos colectivos que combustionan en la misma pira ardiente. 

       “Elige bien a tus enemigos porque terminaras pareciéndote a ellos”, este aforismo insondable refulge incesante en ciclos de venganza. Antes de moderarse como justicia, la pasión vengativa procura con fervor igualar al otro, no quiere diferenciarse un ápice. La primera inspiración de la musa homérica fue la cólera vengativa. Por otra parte, la bíblica Ley del Talión, revisada para el acusado tuerto o manco, la intangible libra de carne imaginada por Shakespeare, la relación entre la tortura y el pecado que Dante impuso a su instalación, el minucioso virtuosismo de sus aparatos patibularios, son testimonios del mismo desvelo.

    Mas que las investigaciones de Goldslaghen sobre “Los servidores voluntarios de Hitler” o las investigaciones psicológicas de Berkeley sobre la agresividad de estudiantes normales, el rapto incendiario del odio lo ilustra el crescendo rabioso de la turba. Una legendaria investigación periodística de siete años, “Mi vida entre los barbaros”, de Bill Mumford, sobre las bandas inglesas del futbol, es el mejor documento del espeluznante fenómeno.  Las furias se excitan rápido, con la idealización desaforada ascienden tentadas por el bramante horizonte de gloria. Pero aquella enigmática luz del utópico paraíso suele provenir de las llamas del infierno.

     Los estudios de las crueldades y salvajismos institucionalizados, siempre indican una intensidad anónima y sombría de la condición humana. Etnias y naciones escatiman la infamia a su memoria, pero dicho legado es inevitable. Las pretensiones didácticas y dialécticas de Sartre o Fanon no pudieron aclarar esa materia oscura. Aquello que Joseph Conrad llamó “el corazón en las tinieblas”, era el insidioso influjo de la víctima colonizada en el agónico desvarío del civilizador. Sucedía en el África cruenta de Leopoldo de Bélgica. Pero también en Europa lo encontró el implacable Walter Benjamín, y definió que “todo hecho de cultura implica uno de barbarie”. Esa tendencia sumergida, que también descifró Freud, ilustraba la invasión pulsional del mental temple legislativo de la civilización. Era un exceso filtrado en el desempeño del Superyó, indicaba el carácter incesante de la pulsión de muerte. 

    Recientemente, Derek J. Penslar, investigador de Harvard, dio a conocer sus investigaciones sobre crímenes de odio. Era uno de los muchos intentos de atravesar la subjetividad social encrespada por la indócil presencia agresiva. Hace esta vez una diferencia entre la ira y el odio, por considerar, sin mayor razón, que una sustancia es menos dañina que la otra. Lo aplica al análisis de la cuestión judía, como hoy puede volver a llamarse el antisemitismo, y titula su libro “Sionismo, un estado emocional”.  Sostiene que el maltrato milenario habría dejado un ansia vengativa reprimida en los judíos. Es preciso, sostiene, transformar el odio acumulado en ira, que es más cívica y comprensible. La conservación de pasiones arcaicas, con visajes medievales y antiguos, su maléfica eficacia, emana gran convicción de la investigación, pero no tiene el menor fundamento. Ninguna concepción psicológica seria podría avalar esa trasmisión de arquetipos, es solo un ejemplo de la batalla epistemológica que desata un enigma tan caro a occidente. Se impone aquí una diferencia para aligerar una confusión frecuente:  hay una honda disposición antisemita en la civilización occidental, como la intolerancia cultivada por el cristianismo y heredada por la modernidad, y por otra parte, son obvios los tropiezos y la irresponsabilidad de un pésimo gobierno, por decirlo suave, en la gestión del único país de corte judío. Ambos escenarios se cruzan y potencian con gran complejidad, pero, aunque mezclen las sombras, deben diferenciarse las magnitudes históricas del fenómeno. 

    Hay un espacio nacional israelí conmocionado, desconcertado, que venía fracturado por microclimas diversos, y hay un fondo internacional que con la despolarización perdió idoneidad y recupera naturalmente las facilidades intelectuales y perceptivas del fascismo. En el primer caso, los sectores nacionales viven su vértigo con severas escafandras, que permiten a los religiosos evitar las contaminaciones impías, a los laicos imaginar un cosmopolitismo europeo, una reserva ideológica del pasado para un futuro que se ha dispersado como el humo, a los belicosos nacionalistas, mantener la férrea certeza que los protege del pensamiento, a los decentes, respirar la indomeñable perplejidad, a los mafiosos, no distraer su saqueo con las inquietudes que padecen los otros.

     En su tiempo, la “locura en el poder”, de Vivian Green, el estudio de las bajas pasiones tiránicas, permitió acercarse a la patología que envuelve la gestión pública. El pensamiento binario entonces hace epidemia. El maniqueísmo religioso es en todos los casos el esplendor mayor, ejercicio prínceps de la lógica binaria. No lo puede evitar tampoco la política, termina succionada por los mismos anhelos absolutos. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero la primera corrupción ocurre en el poder mismo, cuando se confunde con la autoridad y dicta su propia legitimidad. El “estado de excepción” es siempre el hijo natural de este emprendimiento posesivo. El turbio pasaje de la legalidad a la legitimidad, suele esconderse en una retórica emotiva de carácter genérico, intenta persuadir una mayoría abstracta. La mayoría real, fragmentada y particular, es siempre la víctima. 

    La combustión del odio tiene muchos destinos, pero nadie puede controlar el viento que agita la llama. Usualmente, la furia publica se alimenta de los callejones y bajos fondos, de los marginales, patanes y hooligans, pero cuando cuenta con una administración piromaníaca se expande. La locura en el poder tiene vocación incendiaria, y siempre esconde a Nerón en el fracaso; esa mala cepa de la condición humana ha determinado, no pocas veces, una larga desgracia nacional.

     Parecerse al enemigo es un doble movimiento, un inexorable trueque. Cuando el choque es entre oriente y occidente, no es fácil medir la ganancia. Mucho más tarde se sabrá donde fertilizaron las virtudes de occidente y las pasiones del oriente, donde quedo sembrada la ilusión tecnológica y científica y donde reverdeció la metafísica y el oscurantismo. Los cambios posteriores a todas las postguerras, las semillas secretas del trueque, modifican los resultados de la confrontación. Al final, la conflagración decisiva sucede adentro de cada sociedad. Ahí hay que apagar la tea, para que retorne la luz natural de la realidad, y haya un debate constructivo.


Comentarios

Maricarmen Miguez dijo…
"Parecerse al enemigo" o lidiar con el enemigo que cargamos adentro...
Excelente reflexión
Gracias Fernando.

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