Un veterano cineasta me confió una vez que las películas hay que empezarlas a ver por segunda vez. Quizás ocurre también con algunas novelas. Sucede con la extraordinaria narración de Sandra Caula cuya densidad invita a repasar sinuosas espirales. La historia transcurre encimada del giro infernal de la sociedad de Venezuela, cuando la cotidianidad empieza a respirar los vapores del hades. Un texto generoso que suscita y sugiere cambiantes puntos de vista . Podría ser ficción, como toda realidad, podría aparentar una biografía o un ensayo, el deslizamiento minucioso de una lupa cotidiana o una especulación subjetiva de cincuenta o sesenta años atrás. Persiste sin embargo su ímpetu como novela, un proyecto de sentido ornado de escepticismo que avanza sin reservas. El suspenso late como un tambor en el bastidor de la historia, sin abandonar nunca la fuerza escénica de cada momento. El punto de vista se multiplica en la pletórica fragmentación, abruma el aumento imprevisto del instante, pero sin abandonar el esbozo de una forma total, hipotética y cribada de ventanas.
El canon literario y su flagrante ruptura rige el relato, su desasosiego es el centro de una dimensión personal y social insobornablemente fundida. La mezcla condensa la sobresaltada novela como el intento imposible de unificar una historia. Falla diestramente ese horizonte narrativo clásico. La trama viene rota. Para el personaje tampoco puede unificarse el Yo, impedido por el Otro heterogéneo que lo nutre en la sombra. Para encubrir esa grieta, suelen demandar la realidad y su ficción que las supongan unificadas, y las ideologías suelen soldar esa intención. Por el contrario, una narrativa fisurada, quebrada de reflejos, es fundamental para este talante biográfico empeñado en una atroz lucidez. Una biografía usualmente es un retrato que sucede en el tiempo, aspira al instante de una mirada única, como todo retrato en la pintura, pero se resigna a pocas escenas significativas. Acaba en una plenitud refractada, pero que el instante luego derrama y traiciona fatalmente. Prevenida, esta narración resigna en su arranque la recolección imposible de una vida.
El texto atraviesa a saltos, sin precauciones temáticas, el tiempo existencial de una Caracas anterior para una mujer afantasmada. Está descrita en tercera persona, que es la genuina condición de un un Yo que se sabe Otro. Asimismo la tercera persona es la que mira y ve al sujeto, porque la mirada es central para este relato. Los fragmentos que rompen sabiamente la unidad biográfica son miradas, atisbos, visiones furtivas, contemplaciones, diálogos escuchados a ojo, ángulos en distintos miradores. Su padre era fotógrafo y la identidad despega desde una fotografía, porque ser es ser mirado. Un retrato a los dos años funda el enigma de si misma. Esa misma toma fotográfica ya la había constituido como niña hermosa. La mirada paterna, un rapto que nada desvanecía ni confirmaba, le dio un lugar inquieto entre sus tres hermanas. En un acto que no precisa símbolos, la madre progresivamente perdió la vista, pero logró estoicamente fabricar un anteojo con los lentes fotográficos que heredó del esposo muerto. Las miradas se apropian, heredan y entrecruzan incesantes en cada fragmento novelado . En un episodio del velorio de la madre, las hermanas dolientes definen, mediante fotografías, la identidad mas adecuada para el album que confeccionan para presentar en el funeral.
La mirada porta la historia ( el punto de vista literario es siempre la reducción de una mirada escondida en otra, cuando leemos imaginamos mucho pero solamente vemos letras). La fotografía de una niña es su misterioso comienzo porque la imagen es aquí fundante. Se trata de una de las muchas fotografías que podría haber hecho su padre o quizás su tío, y esa imprecisión memoriosa exacerba el sentido. La mirada profesional fotográfica no es solo técnica, en ella viajan valores, ideologías y deseos y un tiempo que prefigura otro presente. En todo caso, la admiración por esa imagen propia es la miración que la inicia, porque el retrato es siempre un espejo habitado. Contar la historia en tercera persona, es decidir contarla desde la mirada del otro, y es el primer hallazgo de esta escritura biográfica, inevitablemente histórica y social por su anhelo de intimidad absoluta. El comercio oceánico de imágenes es paradójico, el adentro viene de fuera y el afuera se ilumina desde dentro. Al principio esta actividad fotografica era matriz, sucedía entre cuatro hermanas, también fotografiadas, pero destilaba un significado controversial en la preferencia paterna. El padre mira, fija los instantes, casi como en el fotográfico relato de escenas sucesivas que urde esta narración de instantáneas. La madre en cambio, omite su mirada, se retira del hombre debatido, hasta que pierde progresivamente la vista y la refuerza empleando artesanalmente como anteojos los lentes fotográficos que dejó su esposo ya muerto. El modo como estas miradas circulan, se cruzan y confrontan, solapa diversos rumbos, uno es cegadamente ideológico y otro oscuramente subjetivo.
La familia es de origen argentino, pero arrastra duras historias migrantes ribeteadas con épica social. El padre, de sensibilidad socialista, tenía una creencia contestataria que unificaba, en la mítica década de los sesenta, el entusiasmo trepidante de la izquierda tropical con el candor moralista del comunismo argentino. La fotografía ya era en aquel entonces arte y discurso, el fotógrafo un nuevo develador, y las fotos del Che y el Pop ornaban la subjetividad histórica del porvenir . Ahora estaba ocurriendo en un país donde la imagen, más que la letra, fue fundante de la identidad y su épica. Una imagen establecía el tiempo histórico venezolano y su deuda futura en la pintura de Miranda en la Carraca. Una brusca imagen televisiva golpista, y quizás una telenovela previa, lo hicieron para la farsa chavista.
El pasaje de aquella Caracas de los techos rojos, aquel verde tranquilizante y luminoso que la madre admiraba cada mañana, a la Caracas peligrosa, caótica y siniestra que luego siguió, fue también como una iniciación adolescente inadvertida, un desasosiego general. Había veintiséis millones de venezolanos en busca de tutor. El exterior invadía la intimidad y la formulaba. Asaltos en las autopistas, robos de motorizados, saqueos y homicidios rimbombantes, violencia nueva que entregaba los semblantes del sordo cambio social, un conflicto que rebalsaba cada día su contenido. De Quincey decía que en los pequeños crímenes se refleja el espejo de los grandes. En una sociedad que gradualmente convirtió en rehenes a sus ciudadanos, el delito costumbrista pasó a ser el secuestro express.En una de la escenas relatadas en la novela, el grupo familiar de madre e hijas corren con un paquete de compras de ollas por la peligrosa avenida Libertador. Se desconocían asustadas, sin poder diferenciarse de un grupo de buhoneros que escapaban también con sus mantas y productos de la persecución policial. Esta mezcla de clase media modesta con delincuencia y marginación era otro retrato, una flotación angustiada entre el agresor y el agredido. Un sesgo también promovido por el inefable influjo sesentista que convertía , y no solo en las universidades, el robo en un ejercicio vindicativo. Efigie prehistórica de una lucha de clases imaginaria. Algunos de esos vientos venian de la filosofía, del romántico robo sartreano de libros, de las alabanzas de Sartre a las degradaciones de Genet o del odio reflexivo de Fanon. Pero aquí era dignificada la delincuencia por el aura ideológico y político, en el delito era sentido el sustantivo vigor del poder en bruto y no la hueca autoridad del simulacro institucionalizado. El maltrato físico es una manera de hacer presencia cuando la distancia carece de normas. Las bofetadas, incluso jugando entre estas niñas,permiten saber de la propia cara y reconocerse en el otro. Mientras la violencia entre adultos segrega, designa y reparte el plus de poder de una interacción vacía de jerarquía formal. Una distorsión temeraria que el chavismo aprovechó en sus imprecaciones, porque la transgresión era su fuente y su finalidad. La consolidó también en su política de latrocinio, para gestar una clase civicomilitar de expoliadores sin limites.
Al principio del relato la familia es descrita en un ritual acendrado de migrantes, toda replegada en la gran cama de los padres, mirando televisión y tomando coca cola. La mirada en la pantalla y los cuerpos en la cama creaban una fusión indiferenciada y acogedora. La niña había creído al principio que sus hermanas menores eran de toda la familia. También que hablando con su padre podría enjugar su cíclica perplejidad. Los sitios y referencias familiares estaban borroneados por la cercanía. Solo los retratos podían devolver el lugar original y su aire al rostro de cada uno. La vida social posterior no promovía tampoco la diferenciación, no hay roles protectores fuera de casa. Eso se ira luego desbrozando en una individuación dolorosa, donde los primeros distanciamientos necesarios demandan rupturas, y otros ocurren sobre un fondo trágico. Pero este vértigo es en seco, no facilita el arte elaborativo de la pérdida. Quien ha sido contemporáneo de ese tiempo vertiginoso puede sentir el eco del afuera, el sinceramiento de una realidad apremiante que no estaba preparada para el conflicto sino para la polarización abismal. Las pasiones no politizaban solo ideologizaban, y siempre traducían otra cosa , resignificaban todo en alta presión, hasta que la realidad desaparecía hundida en el sinsentido. La notable movilidad de esa Caracas, los vertiginosos recorridos horizontales y verticales, empezaron entonces a recibir las tornasoladas epifanías de los discursos populistas. La vasta disociación rompió lo que se sabía y se negaba hasta que aquel país se convirtió en este. Eso ocurrió fragmento a fragmento, diálogo tras diálogo, golpe a golpe, sellando lo privado y lo publico en la misma cara del espejo. Una gesta destructiva, como esta novela ilustra en el álbum de una niña que mira desde la tapa.
La protagonista hace al final un repaso de su odisea, no solo mira también empieza a ver, advierte que lo realmente ignoto ha sido y es el cuerpo y la gramática. Este es un gran duelo, un reconocimiento geográfico fundamental para el alma, y puede entonces ver en lo que mira, y ve mas allá de sus creencias. Ve también que se puede amar una ciudad con la misma intensidad que a un hijo, que la tradición de morirse es rigurosamente compartida, y observa que nunca vio fantasmas, lo cual es comprensible porque ella misma había sido un fantasma entre las multitudes de fantasmas que vivimos ese tiempo.
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