Hay desastres telúricos con tanto peso
en la memoria social que terminan fundidos como arquetipos. Fertilizan la
leyenda. El trauma moviliza moralejas míticas, hace deslizar pisos reales hacia hondas alegorías y crea implacables metáforas históricas. Es el
caso de los terremotos, que a diferencia del humillante borramiento del huracán
o la muda aniquilación de la lava volcánica, parece un juicio tronante. Exalta
la refundación que la geología sanciona,
como si el evento fuera un martillazo de
Dios. Así ocurrió en Europa con el sismo de Lisboa, que aterró de teología el
somnoliento siglo XVIII, entonó el ardiente escepticismo de Voltaire y sepultó
el porvenir portugués bajo una sombrilla de épica antigüedad. También con el de
San Juan, que brindó a Perón y Evita el brusco escenario de compasión que
potenció el populismo paternal que cultivaban. Ni los padres y madres del
tango, el folletín o el cine del teléfono blanco hubieran podido ofrecerles un sello
populista tan certero a su carrera electoral. Hay desastres telúricos que
parecen resetear los discursos, atraviesan la experiencia pública como
mantequilla y moldean su sentido. Reinauguran la historia porque en el
apocalíptico final esta vibrando un comienzo. La subjetividad social remeda el
sacudón telúrico pero en las tierras de la memoria, ahí recibe una Tabula rasa
para inscribir lo inédito.
Recuerdo haber
atendido a un sobreviviente venezolano del deslave de la Guaira de 1999,
poco después del ascenso de Chávez, el audaz Timonel del naufragio nacional.Todavía
vibraba la alegría idiota de aquellas elecciones, y en aquel entusiasmo,
infantil y suicida, el psicópata mandatario había decidido no aceptar la ayuda
norteamericana de rescate para evitar que lo contamine el peligroso
imperialismo. La precaución efundia en las víctimas la radicalidad protectora
que sostenía su farsa. La víctima que atendí recordaba conmovido que cuando lo
rodeó el aluvión que arrastraba todo desde la montaña, sin saber que habría de
sobrevivir al desastre , pensaba que eso no ocurría solamente en la Guaira, que
era el fin del mundo, el verdadero fin universal mencionado por algún pastor.
Ese terror cósmico universal es frecuente en las hecatombes colosales,impresiones
similares se habían registrado en muchas victimas del holocausto y de los
desastres de la bomba atómica. Después que el paciente aplacó su traumática
conmoción en el tratamiento, trasladó la exaltación chavista al sentido del
desastre, porque el Gran Timonel erigió a los militares en los verdaderos
salvadores de la patria. Hasta las Madres de la Plaza de Mayo, que apenas iniciaban su condición de próceres,
aplaudieron ese gesto revolucionario de Chávez. Las casas que construyó para el
pueblo ese gobierno dadivoso son las que ahora cayeron como papel con el reciente
terremoto. Las que habían caído menos
eran privadas, son aquellas en donde los
militares y policías buscaban la cocaína y los dólares que quedaron enterrados
por la furia telúrica. Me pregunto si aquella consigna de la ultima elección
chavista, El Amor con Amor se paga, la volverían a emplear sus epígonos con los
sobrevivientes actuales, aquellos que seguían escuchando los gritos de sus
familiares en plena indiferencia oficial. El drama actual ocurría entre seres desolados,
mientras el aparato chavista trataba de rejuntar sus bienes, ya legitimados por
este imperialismo distinto, que respetaba mucho su talante comercial y el orden cívico militar que gestionó el hambre que hizo emigrar a siete millones de desesperados.
No pudieron disfrutarlo los 149 venezolanos deportados desde texas el día
anterior; tuvieron la mala suerte de quedar sepultados después de descender su
avión en Maiquetía.
La
memoria de los terremotos, especialmente en urbes capitales, devienen signos de
una deriva histórica inexorable. Es la oportunidad para el artificio de la
falsa solidaridad o para la revelación política postergada. En su tiempo, la erupción
del Vesubio fue retratada con esa doble semblanza para los Dioses mitológicos según
las cartas de Plinio el Joven. Ambas cariátides también pregnan los dos
desastres de la Guaira, el paternalismo vicioso chavista en el primero y la rabia popular del segundo
por la responsabilidad homicida del régimen. Algunos otros casos fueron
clásicos en diques y torsiones del
intenso devenir histórico, pero siempre fue el destino su interlocutor inexorable. El de
Tokio en 1922, Lisboa en 1752, Caracas en 1810, aseveran esa condición que
parece más un encuentro con la propia historia que con la naturaleza. Esta
última adquiere el aura de una divinidad punitiva. El evento telúrico reinicia
todos los costados de la vida desde sus raíces, y deja en el recuerdo del
temblor la señal de una honda inermidad. Toda la vida normal se corre, se
desfigura, la muerte cambia sus sentidos.La presencia de un poder desnudo que
había sido lejano, hace presente lo lejos que estaba cerca y lo cerca que
estaba lejos. Es posible renovar la ignorancia, sentir una euforia de la
ignorancia, como llamó el historiador Carlo Ginzburg a esa sed de saber de lo
no pensado.
La
tentación alegórica que tienen los terremotos es irresistible, en parte porque
los suelos no solamente son el hábitat de las raíces y la lealtad quieta de los
arboles, es tambien donde estan los humanos y los zapatos necesarios para
ponerse en los pies del otro. Ellos brindan la ilusión de estabilidad, esa
virtud superior que casi todos los gobiernos cuidan. En ella circula la
solidaridad espontánea y también contribuye al eje de sustentación de la
identidad, el íntimo lugar propio. Por eso el sismo delata las fallas
subterráneas de todo subsuelo, incluso el social. De ahí se advierte que muchos
terremotos no requieren que se mueva la tierra, una crisis económica, una
derrota militar, una anarquía incontenible, tienen el mismo efecto, mueven el
piso de instituciones y discursos carcomidos por el delito y la ineficiencia.
Nuevamente, Venezuela nos entrega un ejemplo
radical, la reacción que está empujando en todos los estados la incertidumbre.
Ya sea la rabia por el previsible desequilibrio climático, el nihilismo por la
crisis cultural, la violencia étnica, la aprensión económica, los retos tecnológicos o la
seguridad nacional. El nombre de Venezuela proviene del recuerdo de Venecia que
habían tenido los conquistadores españoles. Lo asociaron a los palafitos en que
vivían los indígenas sobre territorio lacustre, un pueblo sin suelo. Y este es
un tiempo en que todos los estados se sostienen sin convenciones y pactos confiables,
como palafitos institucionales, un craso poder sin autoridad que ignora todas
sus fallas.
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