Un catalejo interestelar de un pasante
primerizo, sin propósito específico, estuvo escudriñando minuciosamente el
cuerpo de una orbita remota. La irrelevante esfera, doblemente alejada de la galaxia
central, había tenido mucho tiempo atrás habitantes de una cultura en grado G 3.
Pertenecía a una estrella menor,que ya había sido estudiada por cyborgs
enjundiosos y especialistas en Psicohistoria, y cuya imagen llegaba al
artesanal telescopio con un retraso considerable de tiempo. La demora rebasaba
las correcciones habituales de la traslación. Este accidental decalage fue
afortunado. De ese período, casi archivado para los investigadores, llegaba
vivo un extraño fenómeno místico de carácter tribal, el hallazgo de un mundo
anímico sobreseído. El inesperado asunto interesó profundamente a muchos científicos
especializados en ese añejo, remoto y casi desvaído cuerpo celeste. Por
coincidencias afortunadas, habrían observado en estas perimidas semanas pasadas
por alto un suceso cíclico desconocido, el intenso ritual religioso con esferas
pequeñas que su habitantes desplegaban.
El evento desprendía una enfática apelación a fuerzas sobrenaturales que
intrigó a los primeros observadores, era alrededor de esferas que simulaban o
quizás simbolizaban astros. Ese curvado objeto era el tenaz centro de la
ceremonia. A primera vista parecía un despliegue clásico de solemnidad
iniciática con un fetiche circulante.Ya había estudios sobre tribus que
lanzaban objetos redondeados, con aparente propósito protocolar en vísperas de una
transición estacional. Es sabido que las curvas esbozan el regreso y sugieren
tendencias al universo, ciclos de tiempo, retornos crónicos, pero en este caso
era un trance místico excepcional, de una significación sin antecedentes por su
magnitud grupal. Según los primeros archivos, sobre estas
criaturas se habían registrado creencias primitivas sobre bóvedas celestes y esferas encantadas. Las presidía una
idea del planeta como un cuerpo vivo y la rotación estelar como una voluntad
mayor. Incluso se había atesorado el informe muy antiguo de un autor apodado
Timeo, que había escrito un texto denominado El Platón, donde afirmaba que esas
formas eran las únicas esenciales. Pero no había derivaciones religiosas institucionalizadas
del efímero postulado de Timeo. Ni siquiera las arcaicas y crípticas sefirots circulares, que habían estudiado cuidadosos
investigadores esotéricos, prefiguraban el fenomeno mIstico que estaban
observando. Era una suerte de ejercicio espiritual manifestado con
acrobáticas y arriesgadas plegarias simbólicas alrededor de un fetiche.
Según una laboriosa
indagación informativa, todo sucedía sin referencia a enemigos o al enorme desastre planetario registrado algo
mas tarde, y que todavía esos habitantes ignoraban. El ritual era plenamente
compartido sin reservas por multitudes en un estadio litúrgico o por devotos que cantaban entre libaciones en innumerables y dispersos
templos. Un cuerpo redondo, mínimo y carente de importancia
cotidiana, magnetizaba en su redondez la celosa atención de los habitantes de
la esfera planetaria grande. A pesar de la anárquica y espasmódica violencia en muchísimos rincones de ese
planeta azul, proseguía impávido el culto minucioso del objeto menor. La
imponente ceremonia organizaba armoniosamente la fila de dos grupos de novicios, ataviados con colores, números y letras. Alternativamente cantaban con unción las loas exaltadas a sus templos y regiones. Dejaban en el centro de la
plaza y equidistante entre ambas filas,
el fetiche a cargo de un juez monástico, un rector de jurisprudencia ritual con
autoridad absoluta. La División Arqui Astral se interesó en la pequeña
esfera encantada, ya que en muchos estudios anteriores se había registrado la inexplicable
diseminación de tendencias curvadas en
esas criaturas. Era notoria una busca de
modelos similares, círculos, esferas, globos,ruedas,medallas,svasticas o cruces
rúnicas. Solían confrontarse con otras figuras teológicas, como ilustraba la arcaica
secta de los anulares que había descrito un remoto místico perdido. Los
primeros investigadores atribuyeron esta confrontación a una tendencia a
violentarse unos a otros, que también habría tenido incidencia en la enigmática extinción de la
especie. Según sugiere esta observación, esa esfera pequeña había adquirido un
poder espiritual superior que no dejaba de suministrar esperanza metafísica a
la misma confrontación simbólica de los fieles. La actividad rutinaria de la
esfera mayor, la difusión continental de transportes, trabajos y encuentros
globales nunca cesaban, pero millones se subordinaban a esa liturgia agitada.
El ejercicio espiritual buscaba y expulsaba el talismán redondo, con visible
desesperación, sin que los dos bandos de oficiantes se pusiesen de acuerdo. Algunos
investigadores argumentaron un
significado latente de símbolos y mensajes, otros la teatralización de una
lucha, como la División Arquistral había registrado en diversos mundos perdidos.
Veteranos investigadores advertían gestos que simbolizan matrimonios, fusiones,
alianzas y discordias del sol, la luna y otros astros, pero aquí fetichizaban
siempre el mismo objeto circular. Lo que más fascinaba a los cerebrales trascendentes
consultados en Omegatis 14, es que aquellas criaturas respetaban en su
despliegue unas normas tan absurdas como rigurosas, una obsesión puntillosa que
el mismo fervor por la pequeña esfera suscitaba.Los desvelaba ese influjo. Era
la única actividad planetaria que, a pesar de su rapidez y agitación, parecía
tener reglas, un procedimiento móvil de ordenamiento establecido. Era como un
proceso pasional religioso, pero certero y repetido. Afín al fenómeno del
baile,pero no estaba asociado a las fiestas y la seducción,ni sostenía la
hondura que emanaba del otro. La sumisión al extraño código indicaba una
devoción tan honda que incluso los
millones de frenéticos que rodeaban la enorme plaza del sacrificio quedaban
embargados por la fe. En súbito silencio suspendido o con incontenibles aullidos respetaban fascinados la ceremonia y la acompañaban con
himnos. El resto del planeta era, usando una palabra tomada
del dialecto asteroide, un auténtico quilombo.Las gigantescas tribus se engañaban
mutuamente, atacaban, invadían, robaban energía, secuestraban. Por alguna
fiebre se reunían, mentían y espiaban, y se traicionaban todo el tiempo, y a
veces se mataban de hambre o se abandonaban a pestes desconocidas.
Esa ceremonia de la esfera chica, a pesar de las enormes
multitudes de fieles, era excepcionalmente cuidadosa, como si un terror al
poder mágico los contuviese hechizados. Los diestros oficiantes terminaban
agobiados con esas normas misteriosas que siempre aceptaban. Quizás el rito
invocase la misericordia, un favor de clemencia desde la esfera pequeña hacia
la grande, que se estaba resecando y destrozando con una infatigable saña .Según
algunos psicohistoriadores, los creyentes de la mínima esfera encantada debían
querer que alguien ordenase esa violencia planetaria, tan difícil de
desentrañar. Lo que no cabe duda es que era una expresión religiosa primitiva,
un ímpetu reverencial que otros esféricos ya habían practicado. En los extremos
del terreno sagrado. habían erigido dos arcos de triunfo, esquemáticos y rudimentarios,
adornados con una red de pesca primitiva al fondo. Un monje guardián destinado al sitio dejaba pasar a veces el fetiche,
que otras veces simulaba proteger como a un niño, con gran algarabía del publico para ambos actos piadosos. La
liturgia que organizaba el oficio era singular, los devotos reían y lloraban
durante las etapas del ritual, y padecían genuina desesperación,aunque sabían
que el resultado siempre era el mismo, y que todos volvían a su hogar después
del acto de fe, algunos mas alegres que otros. Se detectaron en estos ciclos místicos
unos rumores que sostenían que uno de los invocantes era anormal, un
extraterrestre, sus inesperados gestos bruscos con la esfera encantada habían
llamado la atención. Se sospechaba que desde un planeta vecino habrían mandado
un agente para que se infiltrase entre los sacerdotes. Quizás luego lo retirasen para conocer sus crónicas, pero
se hacía notar mucho, mandaba ostensibles mensajes al cielo, y había profusión
de carteles que lo exaltaban como semidivino.
La noción de esfera celeste, la curvatura
del universo, la burbuja infinita, es una clave usual de todo ensueño cósmico. Nadie escaparía del rodar de las esferas, quien más que nosotros podría apreciar
su valor expansivo en la galaxia. Es también entendible que se haya usado con
fines didácticos, es rigor en
civilizaciones espaciales, incluso como metáforas históricas, aunque esta
entrega religiosa apasionada era desconocida. Un fervor único. Su
descubrimiento casual abre inquietantes
preguntas. La más grave sugiere que podrían ser ancestros biológicos de muchas
conductas insólitas nuestras. Se sabe que arrastramos todavía atavismos
biológicos desconocidos. Un nexo que muchos observadores reconocieron in situ
con probidad. Algunos operadores de la recepción lo confirmaron con estupor, diferenciándolo de
una alucinación robótica. Lo habían sentido automáticamente al repartir lycras de memoria, y
especialmente al lanzar los tubos digitales y filtros con unos inusuales y llamativos
gestos reflejos.
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