El creciente interes
compartido por las viejas películas no implica solo rechazo a la rebalsada
industria del espectáculo, cada vez mas mas cercana a las fiestas deportivas que
a la lenta cavilación del arte. Supone apetencia
de una visualidad mas calmada, interesada por ver en vez de marearse, y un afán por un tiempo menos entrecortado, mejor
hilvanado para contar historias. En el
pasado, una carreta había tenido la velocidad justa para ver el mundo como
paisaje y aquel cine la había tenido para repensar nuestra vida. En los años
cuarenta y cincuenta del trepidante siglo que nos ha perdido en la curva, todavía
se avistaba algo sustancial por la ventanilla. En un film el montaje dibujaba
el tiempo artificial, acordado en cordial complicidad, pero esa artesanía
sucedía sobre un fondo impasible, la vida acompasada que proseguía fuera del
cine, un segundo plano que ya dejó de respirar. La tacita realidad, el tercer
socio del trato, desapareció en las ultimas décadas.
La
sorda invasión digital acelera la recepción, sobreimprime las risas y los
llantos, aplana antiguas diferencias, y disuelve la distancia entre lo
inminente y lo remoto con inspirado salvajismo. Se pierden miedos y alegrías , estalla el ritmo natural de la sorpresa o la
demora, sin atemperarlas para nadie. El ambiguo espectador fue sustituido por
una prevista figura estadística, cuyas
correntadas de ansiedad, stress y depresión son canalizadas por extensos
circuitos de fármacos y sustancias ya establecidas. Ese perfil es el receptor standard de la excitación, una
dimensión neurológica de la audiencia está a cargo de píldoras.
Se redobla hasta lo invisible la abstracción
del clásico misterio policial, se borran
las radiantes llamadas que inauguraban aquel suspenso artesanal pausado entre sombras. El viejo teléfono promovía y resolvía
intrigas del celuloide, pero entre llamada y llamada la invariable realidad era
tan azarosa e incontrolable como siempre, y perduraba el enigma real. No todo se había convertido en
informacion, el buen silencio y la oscuridad fotográfica permitían todavía una
oscuridad verdadera en la ficción. Salir de la sala de cine era entrar en otra
dimensión, que se volvía a palpar y se intentaba desconocerla para pensarla
desde la conciencia propia, fácilmente desagregada del publico restante, No era
como ahora una nueva postura hipnoide,
un cambio de iluminación para los crónicos artificios de la apariencia
aluvional. En las viejas películas nos veíamos ver, nos veíamos viendo desde
nosotros, porque todavía residíamos afuera. Aquel film de Woody Allen, La rosa
purpura del Cairo, ilustró con algo de sorprendente maravilla el pasaje de
ilusión a realidad, lo que indicaba que todavía estaban rotundamente divididas.
Actualmente, no podría hacerse una rosa purpura de las redes digitales, porque
ya esta fusionada la ilusión de las pantallas con la ilusión de la realidad, es
una superficie uniforme. Infructuosamente
palpamos siempre el mismo lado. Lo raro es que esa conjetura trascendente de
Allen, ya la habían formulado Velásquez en Las Meninas, Cervantes en el Quijote, Sherazade en una de
sus noches y Virgilio en la Eneida, pero sin que nadie, excepto los locos, hubiese girado al otro lado.
No es
una traición de Moebius, ni una estafa fractal a la credulidad, es la
instalación naturalizada de la revelación de un
parpadeo, el crepúsculo de una visión entornada por reflexiones. La encontramos
revertida en las viejas películas, donde miramos como mirábamos. No sucede con la
literatura del mismo modo e intensidad. Se
lee menos, se conversa y piensa menos y la sucesión letrada es decreciente. Los
que leen lo hacen para mirar. El arte engañoso del trujamán está en la mirada. Novelas
y cuentos de altísima revelación histórica y luminosas sugerencias del
tiempo, no tienen el mismo efecto que estas viejas películas sin pretensiones. La nostalgia profesional de Proust o los arremolinados cartagineses de Flaubert no
intrigan irremediablemente, no mueven en
el aire las irreversibles masas del tiempo. Stendhal con Rojo y Negro o Tolstoi con la muerte de Iván
Illich, resultan tan ávidas de presente que no es posible percibir una quietud ajena
entre sus rotundos personajes. Solo nos interpelan las viejas películas,
donde el tiempo coexiste a retazos con diferentes soplos contemporáneos. Solo
la mirada, como esclareció Borges con el Aleph, tiene la ambición narcisista de
totalizar un instante, porque la
sucesión letrada inhibe esa locura en la narración. La sucesión ordena el tiempo,
hace operar la experiencia. La descripción literaria mostraba, con el adjetivo
o el adverbio en vez del verbo, y remedaba la mirada. Había un genero
narrativo, pero no uno descriptivo. Borges solía fundirlos ( la biblioteca
usurpaba la planta baja, la cara historiada por una cicatriz africana) para
contar mirando.
Quizás por esa causa Borges persiste intacto,
como si no hubiera muerto hace medio siglo. Escribió mucho pero en un vistazo
se lo cargó al Aleph, y es como una escritura simultánea que sigue sucediendo
mientras se lee. Su cuento del Aleph, el punto que junta todos los puntos,
absorbe la muerte y el tiempo, y disuelve la historicidad del Dante y el poema
desmesurado del personaje Argentino Daneri, en un recuerdo alucinante de
imbatible plenitud. La mirada infinita paraliza la sucesión. Es el lugar de la
alucinación del deseo y de la adicción. A la morosa descripción novelística, o a
la metafísica experiencia de satisfacción freudiana, solo las desalojan la acción, el episodio que desencadena el tiempo desde una imagen central.
Pero la contemplación se instala actualmente de modo fijo, en una postergación
social infinita, como una epifanía inyectada. El movimiento narrativo se asimiló
al espejismo, y la imagen es una
experiencia de satisfacción eterna. En la adicción de las redes digitales se
evita puntillosamente el duelo. No hay sucesión ni acontecimiento, ni
frustración, y antes de la despedida ya viene el saludo. Mantiene a todos en el
Aleph, mirando desde el mismo escalón
del sótano, o recordando la mirada incesante de una Beatriz Viterbo universal
que todos perdieron.
La
fascinación adictiva es todavía desigual pero recorre el planeta, Es ya claro que la globalización sucede en la
mirada, un equipo de futbol transporta en su camiseta identidades y
confrontaciones mundiales que pocos textos podrían sostener. Esas diferencias,
de naturaleza mas gutural que conceptual, suceden también en la alta política
internacional, donde muchas definiciones se sostienen en fotografías, y las
muecas, gestos y retruécanos son minuciosamente interpretados por refinadas
inteligencias diarias que preparan el menú. Hay paises y regiones que divergen
en sus visiones, pero eso no da lugar a argumentaciones, sino a proseguir el
intercambio de figuras y panoramas hasta que se ajusten los lentes. Se trata de
anular la subjetividad y el pensamiento, para que todo exista fluidamente como
una pantalla, excepto nosotros. Esa regresión desde una lógica narrativa, al
descender el oleaje intelectual, deja a la vista un tendal de voluntades
depredadoras y autodestructivas, porque el sentido de la experiencia humana se
esfumó como el aire de un balón pinchado. Y el cine que veíamos antes es solo un
recorrido antropológico de una tribu extraviada en el tiempo, y no totalmente
descifrada. La Invención de Morel ya
abandonó la ficción.
En el
Rio de la Plata, aquel sur donde la distancia fue largamente temporal y
geográfica y el tiempo no cesaba de
irrumpir en la historia, para la primera
mitad del siglo XX Felisberto Hernández gestó una nostalgia propia, descubrió las
indómitas tierras de la memoria. Fue un devoto cultor del pasado desnudo, sin
una antigüedad sancionada como ocurría en Europa. Era una especie de Proust
vernáculo, como Funes el memorioso, o como aquella visión de una pared
reveladora que Borges encontró al final de Historia de la eternidad. Estaba
convencido de que en el Sur somos hermanos del tiempo, malabaristas de la
memoria. Un tiempo sin domesticar, como
en las viejas películas, a diferencia de las actuales y de las redes que tienen
a todo, menos a los sujetos desubicados
de una historia única. Los que todavía queremos ver quedamos afuera de la
mirada algorítmica que coloniza sin
fusta , empapando sin cesar la imaginación. Pero algunos fantasmas tenaces nos
siguen buscando, viajan en otras enumeraciones del pasado, porque no todos
entran mansamente en el perfil , y no solamente los viejos deben arder de furia
al caer el día.
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