Entre todas las hipótesis sobre la desaparición de los Neardhentals y la
correlativa primacía de los Homosapiens,
la mas sustantiva enfatiza la
diferencia de la socialización dispersa y aislada de los primeros con la
socialización ampliada, gregaria y creciente de los segundos. Los estudios de
aquellas redes vinculares ilustran las diferentes maneras comunitarias de
procesar los conocimientos y sus variadas lecturas de la realidad. Viene al caso esta
puntualización frente al fenómeno contemporáneo inverso que estamos asistiendo,
una tribalización aislante de la especie sapiens, subordinada a una información
masiva sin interacción. Contra la provechosa comunidad previa, ésta
globalización es regresiva, adelgaza vertiginosamente el universo de
referencias reales. Ha incrementado el espejismo y la estimulación
alucinatoria, pero el intercambio
conceptual ha mermado, favorece un frenesí mental parcializado en datos menores.
Las sucesivas esferas de sentimientos y pensamientos que rodearon la especie humana, la atmósfera cultural
que siempre respiramos parece agotarse en la irrelevancia. Sus impredecibles
copias y mezclas, la capacidad de forrar la realidad con mapas mentales se
evapora sin sustitutos. Los anaqueles que guardaban la acumulación viva de las
experiencias compartidas se ha despeñado en un magma confuso y sin dirección
general, mas cercano al vacío abismal que a la fértil incertidumbre. Quizás ese
revoltijo de fenómenos disolventes sea
también un efecto cultural. Es fácil pensar en la disruptiva acidez del ánimo
nihilista que despiden los nuevos conceptos. La conmoción de la transversalidad
sobre las jerarquías valorativas y disciplinarias, la disolución de
trasmisiones generacionales, los movimientos impulsivos particulares de gran contagio colectivo, el borramiento entre
periferia y centro o edades y géneros,
son algunos daños mayores suscitados por la digitalización. Las redes quizás no
potenciaron todos estos factores, pero es irrecusable su papel en un
estrechamiento simbólico del horizonte humano y su escala de valores.
Un
adelanto ominoso es el mutismo traumático, la falta de sorpresa de lo
espeluznante que nos acecha. Se advierte, y se acepta, que el imparable
calentamiento global disminuirá hielos y glaciares hasta modificar la geografía,
el hábitat y las rutas , pero no se nota igual
conciencia de que la transformación cognitiva de la atmosfera cultural
nos dejara inermes ante los rumbos intelectuales. Hoy ya se registra una
perdida notoria de la jerarquía valorativa entre datos y creencias,
supersticiones y elucubraciones científicas, intuiciones primarias y
construcciones teóricas. El deslumbrante
y sostenido descubrimiento popular de que la tierra es plana es un aviso
afligente de esta etapa. Mucho más su
indudable influencia para debilitar otras convicciones básicas que la
desconfianza conspirativa convierte en patrañas. A las dudas de la redondez de
la tierra, se suman las que aquejan a los dones médicos de la vacunación, o al
aumento del calor por desequilibrios climáticos. Muchas señales rojas se
asimilan a una arbitraria versión científica, como el antisemitismo a una libre
expresión ciudadana. La cognición y la ética están entrelazadas en su descenso.
El triunfo extremista en Alemania ilustra ejemplarmente un fracaso cultural de
Occidente, que por su magnitud es también de la especie. Desde la caída de
Hitler se había procurado, con ingentes esfuerzos educativos y jurídicos, que
la democracia desaloje el nazismo, a pesar de que la mayoría era entonces
ostensiblemente nazi y no se había logrado castigar mas que una minúscula parte de la legión de criminales.
El bronco alivio que permite el
odio supera para muchos el dilatado anhelo de soluciones mas justas y
compasivas. Frenéticas vindicaciones se despiertan solo para cegar el
desconcierto, refrescar la fe infantil y soslayar la exigencia de pensamientos complejos. La dificultad para
lidiar con la perplejidad alienta a destapar las bondades ocultas del fascismo
y otras envolturas fanáticas, pero, fuera de la política, ilustra también un
período inédito de creencias abstrusas e hiperbólicas en la mitología cotidiana. Aunque no sorprende
tanto el carácter bizarro de las creencias como su fácil propagación. Su vigor
esboza una nueva era espiritual, quizás tan importante como el neolítico o el
holoceno , pero en el orbe mental colectivo. Un trastorno mitológico de esa
envergadura no es menos decisivo que las hambrunas,pestes,tsunamis o invasiones que asolaron la tierra en edades
oscuras. Considerarlo una simple era de la estupidez implica estupidizar uno de
los desafíos mas complejos que afronta el impulso humanista. Es posible que el
entusiasmo que cree haberse desembarazado orgullosamente de las supersticiones
y la amplitud indetenible de esa revelación, sea la mayor ilustración del rango
y permanencia de un dislocamiento
cultural de largo alcance.
Los rígidos pensamientos
obsesivos, las ideas que apresan un gran caudal afectivo, tienden a defender la
estabilidad psíquica de una angustia difícil de procesar. La repetida fijación
mental controla el aluvión siniestro de una ansiedad generalizada. La idea de
una tierra plana posiblemente cumpla esa función, disminuye con la esfericidad
la idea de un cuerpo ´planetario girando enigmáticamente entre otros cuerpos,
alrededor de una de las millones de estrellas del espacio impensable. Esa
ominosa sensación de insignificancia es histórica, comenzó después de Copérnico
y Galileo, cuando los viejos telones celestiales fueron reemplazados. El silencio
eterno de las esferas infinitas me produce espanto, confesó entonces gravemente
Blaise Pascal, y John Donne convocó las poderosas campanas para unificar un
cielo protector . La querellante tierra plana posiblemente herede esos miedos,
pero ahora por la grave banalización de toda trascendencia orientadora, la
perdida de matrices arquetípicas del pensamiento y la sensibilidad.
En la grave desconfianza hacia
los otros que destilan estas creencias esta latiendo probablemente un
desengaño, la irritación de un fraude, no cometido por los clérigos o los
intelectuales esta vez, sino por una inesperada soledad cósmica y existencial. Desde las tendencias autoritarias y destructivas en la desasosegada vida política
hasta los derrumbes demográficos y la implosión migratoria, una ausencia de
proyecciones al futuro está socavando todos los sentidos de la especie. La
falta genérica de creencias solventes se
desploma sobre la otredad. El vinculo con el Otro, el primer espejo de
cualquier identidad, queda en grave controversia. Su exclusión es mayor, y es
también la nuestra, por el exilio de los ideales tecnológicos que en vez de
ampliar parecen denunciar las limitaciones de la especie. Como una venganza
Neardhentals del ADN, el Homosapiens podría perder por su cuenta la conservada
antorcha. Intimidado quizás por su
propia herramienta ha elegido anonadarse. Los espacios que descubrió lo
desafían radicalmente. No tiene mediadores ni suplementos para las certezas
perdidas, y los gastados telones metafísicos ya no protegen su esplendor de la erosión infinita de la realidad .
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